Sí. Este es un post más de esos. Otro más de esa persona diciéndote lo extraordinarios que han sido esos meses, o ese año fuera, de todo lo que ha visto, toda la gente que ha conocido, todas las fiestas en las que ha estado. O resumiéndolo, porque de tanto que tendría que contar ya no sabe cómo ni por dónde empezar, acaba atajando la conversación con un breve y escaso: “Buff, increíble”.

Yo me fui de intercambio a Buenos Aires. Y detrás de estas cinco palabras hay tanto que resumiré lo más trendy. Recorrí el Sendero de los Siete Lagos de la Patagonia en un coche, el mismo que me dejó tirada al lado del volcán Lanin, pasé de Cuzco a Buenos Aires con tres días y sus tres noches en un autobús, comí los alimentos más raros que me habría podido imaginar, me hice la foto típica entre los brazos del Cristo brasileño, dormí entre montañas y lagos que reflejaban el cielo de una forma que nunca seré capaz de expresar, celebré el año nuevo en una azotea con vistas a  Mar de Plata, subí el Machu Pichu, le recé a los dioses antiguos en la cima de la Isla de la Luna, navegué entre glaciares, vi montañas de 14 colores, recorrí el Salar del Dakar, bailé reggaeton en medio de la selva brasileña, crucé a Uruguay para legalizar mi pasaporte, viví los carnavales de Rio de Janeiro, eché de menos a gente tanto que pensé que me dolía físicamente, baile milongas en la feria de San Telmo, me asomé a las Cataratas de Iguazú.

Bailé toda la noche en una rave en frente de una catedral de Florianópolis, anduve por encima del Perito Moreno, pase dos noches entre obreros bolivianos viajando en un bus con las ruedas pinchadas, me intoxiqué con el huevo de una pizza carbonara de un restaurante boliviano donde ponían “Corazón partió” de Alejandro Sanz en italiano, me bañé desnuda en una playa del norte de Brasil bajo la luna más blanca que he visto en mi vida, caminé 11 kilómetros siguiendo las vías de un tren por en medio de la selva peruana, me emborraché en un viñedo del norte de Argentina, me tomé una caipiriña en Copacabana, tuve problemas con todas las aduanas existentes, focalicé toda mi atención en explicarle a un colombiano que la tortilla española no lleva chorizo.

Hasta aquí, la definición de la experiencia Munde hecha para las redes sociales.

Porque si estas planteándote irte, también hay que tener en cuenta la cara oscura; es más que probable que vayas a comer arroz durante más de dos días seguidos (y por supuesto aprenderás a cocinar pasta de todas las maneras habidas y por haber), la ropa nueva se convertirá en un punto del ultimo puesto de tu lista de necesidades y con todo lo que harás durante el día y lo poco que dormirás durante la noche (no todo va a ser trabajar), las ojeras se van a convertir en un punto fundamental de tu daily look. En cuanto al tema del idioma, no te preocupes demasiado, vas a hablar en todos los lenguajes posibles, sin importar con quién o de qué, o mucho menos si manejas el alemán, el suajili o el inglés con acento australiano (ojo, no he conocido población que pronuncie menos). Tendrás amigos de todas las nacionalidades, con los que en ocasiones no te quedara otra que comunicarte con gestos, pero eso da igual porque te sientes un poco familia de todos ellos, y si lo que ocurre en casa se queda en casa, imagínate que pasa con lo que ocurre en un intercambio.

Respecto al tema académico, irás a otra universidad, con otros compañeros, metodología, horarios y todo dependerá mucho de tu destino, y de la universidad en la que hagas el intercambio (la cosa puede ponerse más o menos chunga). No te creas la leyenda Erasmus de que “los profesores son más blandos con los de intercambio, en muchas universidades les dará igual que seas de España o de Nueva Zelanda, se te valorará como uno más. Pero te aclimatarás a lo que te echen, y las notas con las que vuelves, o las convalidaciones que te hagan acabarán siendo una de las cosas que menos te importen de la experiencia (aunque cuando llegaste estuvieran en el lugar principal de la lista).

Haces de todo. Y lo que no sabes hacer lo aprendes. Viajar nos cambia, da igual si es un fin de semana, unos meses o un curso entero. Cambias un poco o mucho, a mejor o a peor, depende de cómo te lo montes. Te divides en dos personas, la que eras en tu hogar, y en la que, sin darte cuenta y con el paso de los meses, te conviertes, y es tu decisión cuál de ambas quieres ser a tu vuelta a casa.  Regresas, y como en un ciclo, vuelves a echar de menos, pero te vuelves a apañar, que para algo existe Skype. Te despiertas algunas mañanas intentando recordar si todo eso pasó, si de verdad fuiste tú quién vivió en ese tiempo.

Pero como no sabrás explicar eso que parece haber sido vivir otra vida, cuando la gente te pregunte un “¡¿y qué tal todo?!”, estoy segura de que tú también tiraras de ese trillado, “Uff, increíble”, que parece ser el resumen más rápido, concreto y soso de la historia, pero tampoco es plan de ponerte chapas con todo el que te rodea. Pero sí, si decides dar ese paso, puedo asegurarte que va a ser increíble y que te cambiará para siempre.


Texto: Luna Contreras López – Departamento Social

Revisión y maquetación: Anais Valencia Corcín – Departamento Social