Levantarse, ducharse, vestirse, desayunar, ir a trabajar, salir de trabajar a toda prisa, comer por el camino porque no llegas a clase, terminar llegando veinte minutos tarde, estar hasta las nueve de la noche en la universidad, llegar a casa, cenar, dormir y repetir el mismo proceso todos los días…

Este es el ritmo de vida que muchos de nosotros llevamos, café como modo de vida y ojeras como mejor amigo si queremos sobrevivir a los meses de estudio y trabajo. Por no hablar de la poca vida social que nos podemos permitir tener, si queremos seguir vivos y sacar el curso.

Pero aún cuando todo parece gris siempre tenemos una solución, un sitio donde poder desconectar y cambiar el chip, un sitio donde poder refugiarnos… el pueblo, ya sea un fin de semana, un puente o un verano entero te hace revivir.

Pasar las tardes jugando a las cartas y las noches en la plaza comiendo pipas. Correr por las calles desde niños. Recorrer todos los rincones del pueblo jugando al escondite o a polis y cacos. Quedar en la iglesia o en la plaza como punto de encuentro. Disfrutar como si no hubiese mañana en las verbenas y dejarte la voz, empezar bailando pasodobles intentando Imitar a los señores mayores y terminar desfasado cantando la fuga porque en el pueblo vivimos más de noche que de día. Descubrir caminos y tierras que no sabías ni que existían en busca de sandías o melones, depende de la temporada.

Llorar cada vez que tenemos que volver a la ciudad. Que las fiestas se conviertan en el evento más importante del año, incluso más que tu cumpleaños, pero no por el alcohol, los forasteros o la adrenalina que te da preparar todas las cosas de la Peña en el último momento, sino por poder celebrarlo con tus amigos. Esos con los que te has criado, has reído, has llorado, has peleado, con los que has crecido y los que a pesar de no ver todos los días son más familia que gente de tu familia.

Desconectar, disfrutar, cumplir los 18 y que los que no tienen pueblo te miren raro por tener como tradición celebrar los quintos o subir un mayo. Que no nos entiendan cuando llega septiembre y entramos en una profunda depresión por tener que volver a la ciudad y con ello a las responsabilidades. Y es que, el pueblo siempre será nuestro refugio, ya lo decía Estopa “que si la cosa se tuerce pues no cogemos y nos vamos pal pueblo”.

 

Vivir sin importar qué día sea, dejar las tecnologías a un lado y preocuparnos por disfrutar de los que nos rodean. Disfrutar con nuestra familia y amigos y dedicarle todo el tiempo que no podemos a lo largo del año por nuestras responsabilidades. Que el domingo se convierta en uno de los días favoritos de la semana gracias al vermú, a los vinos, a las cañas, al mosto a los pinchos, esos que empiezan a las doce de la mañana y que terminan a las cuatro de la tarde, empalmando con el café.

Pero aunque hasta ahora todo haya sido fiesta, el pueblo es más que eso, es casa, es familia. Es pasar tiempo con los abuelos, primos y tíos, esos a los que no podemos ver tanto como nos gustaría. Es conocer gente nueva todos los días y descubrir familia que no sabía ni qué existía gracias a la maravillosa pregunta <¿y tú, de quién eres?> Es pasar por la calle y saludar a todo el mundo, es conocer la vida del pueblo entero gracias a los rumores y cotilleos, es disfrutar con las anécdotas de la familia y revivir lo que ellos vivieron hace años.

Así que, cuando alguien me pregunta que por que me puede gustar tanto el pueblo, la respuesta la tengo clara, es vida. Y es que los que no nos entienden, no saben la suerte que es tener un sitio al que siempre poder volver y del que jamas te querrías ir, tener un lugar al que escapar cuando las cosas van mal y donde celebrar y disfrutar cuando van bien.

Sinceramente, no se que sería de mi vida sin mi pueblo, sin esos momentos de desconexión que me dan 10 años de vida, pero tampoco quiero imaginármelo.


Texto: Sandra Corrales Sanseroni  – Directora departamento de Alumnos

Revisión y maquetación: Anais Valencia Corcín – Departamento Social